S E R Y N O S E R


17 - 11 - 2010
Consejos para salvar el planeta
Recuerdo cuando Steven J. Gould me dijo, en Boston, Estados Unidos: “Al planeta no le pasará nada, seguirá su curso como si tal cosa”. Al poco tiempo moriría, provocando el alivio de los variados adversarios del más brillante de los paleontólogos, al que no le perdonaron ni su sabiduría ni su mal humor.

No puedo por menos de acordarme de Gould ante los que se emocionan con el lema “Salvemos el planeta” a propósito del cambio climático, la desaparición de la capa de ozono que recubre la atmósfera o la contaminación creciente e incesante de CO2. Siempre tuve la sospecha de que la mejor manera de salvar el planeta consistía en organizar el salvamento de la humanidad; a ésa sí que no la salva nadie si no se sabe salvar a sí misma.

Su travesía ha sido un verdadero vía crucis de espanto y dolor. En pleno siglo XV, hace nada, –agárrese el cinturón, por favor–, los incas ofrecieron a sus dioses la vida de dos niñas provistas de varios zapatitos y vestidos para la larga travesía que iniciarían después de quemarlas insensiblemente sus familias. Las momias de sus cadáveres se han mantenido intactas y pude contemplar su fotografía en una revista científica.

Resulta que, hasta hace bien poco, era común ofrecer a los dioses sacrificios humanos alucinantes. Siglos después de ese relato se seguía encarcelando o martirizando a la gente –no suelte el cinturón, por favor– cuando sus convicciones no coincidían con las de los que mandaban.

Hace unos siete años, uno de mis científicos preferidos recordaba una cifra espeluznante: un veinticinco por ciento de los adultos del sexo masculino moría rutinariamente en la guerra. Siempre fue así. Los humanos a los que dejaban vivir se han matado entre ellos desde tiempo inmemorial porque no tenían más remedio que elegir entre morir de hambre o robar a sus vecinos. No les gustaba, necesariamente, contribuir a la extinción de sus vecinos, pero siempre prefirieron esta alternativa a la otra.

No, no se trata de salvar el planeta, sino de salvar a la humanidad. Por primera vez en la historia de la evolución, mujeres, hombres y niños pueden recurrir a la ciencia y a la tecnología, al conocimiento, para desentrañar la ecología del planeta y controlar la sostenibilidad de las poblaciones. Como dijo hace siete años el científico LeBlanc, también de Harvard, “por primera vez tenemos la oportunidad de romper el círculo de conflicto y crisis”.

Por ello es necesario, en primer lugar, recuperar el optimismo en el alcance de la tecnología y de la ciencia. No se trata tanto de añadir recursos que no tenemos como de rentabilizar el conocimiento. El ejemplo más llamativo de este planteamiento es la futura energía nuclear de fusión que es inextinguible, no contamina y apenas ocupa espacio. Sólo falta mucho conocimiento.

El segundo peldaño del futuro que se avecina consiste en invertir cantidades insospechadas en políticas de prevención orientadas a las necesidades de las grandes mayorías para que no colapsen el sistema de prestaciones más tarde. Una política educativa adecuada que incluya la gestión emocional vaciaría las cárceles del futuro. Ahora bien, esto requiere conocimiento ahora.

El último escalón de la reforma exigirá plantearse objetivos hasta ahora marginados porque no sabíamos de su enorme trascendencia: la salud mental de las personas, la necesidad de la inteligencia social y los sistemas de comunicación, la transformación del llamado Estado-Nación que, desde luego, no está a la altura de nuestras necesidades y, en términos más generales, cómo gestionamos la diversidad desatada por la mezcla genética y el proceso de globalización.
Enlace de Web Emisora: www.eduardpunset.es
 
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