S E R Y N O S E R


24 - 11 - 2010
Vida Privada de las Plantas
¡La vida, como la llama, también es luz! Muchas bacterias y muchos hongos producen, al respirar, en la oscuridad, una luz semejante a la del fósforo. Según el organismo que la produce varía la tonalidad del color, del blanco al amarillo, del verde al azul. También la intensidad es variable: la de un hongo, llamado pleurotus, se percibe desde medio kilómetro, y la de un agárico con forma de sombrilla permite leer un libro. Los órganos luminosos de los peces óseos y de los cefalópodos están constituidos en una cavidad que contiene un número enorme de bacterias fotógenas, cuya luz es amplificada por lentes propias del animal. Estos órganos luminosos son, por consiguiente, verdaderas colonias de bacterias, que se han podido extraer y cultivar sobre sustratos especiales donde aparecen luminosísimos. El hombre ha construido lámparas con las bacterias, a semejanza de cuanto ha hecho la naturaleza, y las ha utilizado para la fotografía de objetos pequeñísimos o de los mismos microorganismos.

El aire, por medio de la respiración, tiene papel primordial en los fenómenos vitales. Todo organismo viviente puede afirmar como Hamlet, en la tragedia de Shakespeare: - Vivo del alimento del camaleón; me nutro con aire, condimentado de esperanza. - Y la planta con mayor derecho, puesto que se sirve del aire, no sólo para respirar sino, además, para nutrirse.

PAG 76 y 77



La muerte de las plantas criadas en macetas por las señoritas de buena familia y por las mamás apasionadas por la botánica es debida, casi siempre, a estas causas. Las pobres plantas compradas a los jardineros de la ciudad, nacidas en las tibias estufas de temperatura constante, son víctimas de los más crueles tratos, disfrazados bajo la forma de pasión por los vegetales, de las simpáticas señoritas. A esas pobres plantas se les hace pasar a cada momento de la sombra a la luz directa del Sol; son regadas con demasiada frecuencia o con demasiada tardanza; pasan de los salones caldeados por los aparatos de calefacción a la balaustrada de la terraza, en donde sopla un viento frío. Pero este traer y llevar de las plantas por los ambientes más diversos es contrario a su naturaleza. La planta criada en el artificioso tiesto debe mantenerse en un ambiente constante. Si es propia de lugares sombríos no debe ser expuesta a la luz directa del Sol; si es de paises cálidos, en invierno no debe dejársela al aire libre; si es planta carnosa - que es la que está de moda en el día - no conviene regarla demasiado, porque su característica es absorber y retener en sus tejidos la escasa agua de los terrenos áridos. ¡Donde el agua abunda no nacen cactos, sino calabazas!

También en estos casos las plantas dan a conocer el mal estado de su salud, ya con el color amarillo de las hojas, ya marchitando sus frondas, ya secándose sus ramas. La medicina llega, en estos casos, demasiado tarde. Lo mejor que se puede hacer es volver al jardinero o sembrar de nuevo.

PAG 146 y 147



Las enfermedades de las plantas no están limitadas por las bacterias y los mohos microscópicos; más allá del mundo visible al microscopio está el mundo invisible hasta para el microscopio; y los parásitos abundan en él. Se ha inventado un nombre, los virus; pero un nombre no da la esencia de las cosas, a lo sumo cubre nuestra ignorancia. La sensación de encontrarse frente a agentes parasitarios desconocidos se tuvo al final del siglo pasado, cuando el entusiasmo de los éxitos de la microbiología, obtenidos por los hombres de ciencia en su lucha contra las enfermedades de las plantas, de los animales y de los hombre, se atenuó ante un hecho vulgar, pero lleno de incógnitas.

La técnica humana, en competencia con la naturaleza, había construido filtros de porcelana con orificios o canalículos tan sutiles que las bacterias más diminutas no podían pasar. Con tales filtros se obtenía la purificación de cualesquiera líquidos en que pululasen los microbios. Pero, he aquí que el extracto de una planta de tabaco, atacada de una enfermedad extraña, en lugar de salir del filtro estéril y puro, conserva toda su toxicidad y toda su virulencia, hasta el punto de que, inoculando en las plantas sanas, reproduce en ellas la misma enigmática enfermedad. ¿Se trata de bacterias tan pequeñas que pueden pasar a través de los poros del filtro?¿Se trata de sustancias tóxicas ignotas?

Durante cuarenta años han quedado estos interrogantes en supuesto, sin respuesta. El número de las enfermedades acrecía y los virus obtuvieron su definición de esta propiedad: "virus filtrables", porque pasaban a través de los sutilísimos canalículos del filtro de porcelana. Alguien los denominó también "ultramicrobios", con lo que se quería sostener que se trataba de bacterias de dimensiones más pequeñas que esos canalículos. Esto ¿era falta de imaginación, que no acertaba a pensar que pudiese existir algo, fuera de lo conocido, capaz de producir lesiones, enfermedades y aun la muerte, en los organismos vivientes? ¿Era prudencia en la interpretación de los hechos? Mas como el líquido filtrado no revelaba al microscopio ninguna forma, por pequenísima que fuera, el virus ¿era, pues, además de filtrable, invisible hasta con los más complicados microscopios?

Un sabio holandés bautizó este misterio. Le llamó contagium vivum fluidum - contagio vivo fluido -. Que fuese vivo podía creerse deducir de su rápida multiplicación en los tejidos del enfermo; que fuese fluido se desprendía del hecho que ninguna forma aparecía bajo el microscopio. Aquellas enfermedades de plantas, de animales o del hombre que no podían ser atribuidas a bacterias o a mohos, y en las que el extracto de los tejidos pasado por el filtro no quedaba liberado del misterioso contagio, eran las enfermedades de los virus. Mosaico, afta epizoótica, fiebre amarilla, influenza, psitacosis...

Frente a la extraña potencia del virus, inasequible, invisible, inimaginable, los hombres de ciencia se sentían desconcertados acerca de su verdadera naturaleza, espantados por esa potencia.

Si las enfermedades de las plantas habían revelado estas columnas de Hércules, corresponde a los estudiosos que se dedicaban a ellas haber forzado esas mismas columnas. La misteriosa enfermedad del tabaco se reconoce fácilmente por el aspecto de sus hojas, que ya no aparecen de un verde luminoso, sino tapizadas de amarillo y verde, de una manera tan copiosa y densa que les da la apariencia de un mosaico. Las plantas quedan enanas, signo indiscutible de enfermedad, pero sus tejidos están libres de microorganismos y sus células son normales, salvo algunos raros cuerpos excepcionales. Basta frotas una hoja enferma en una planta sana para ver surgir en éstas las mismas manchas del mosaico; y basta el sutil pinchazo de una aguja que transporte la linfa de la una a la otra para que el contagio se produzca. Los insectos vulgarmente llamados piojitos de las plantas, y que en términos más decentes se conoces por afidios, son los verdaderos agentes de la difusión y del contagio. Su picadura es suficiente para inocular el virus de una planta a otra. El afidio, con sus alitas y sus patitas cortas tiene todo el aire, cuando se le mira, de un ser inofensivo; y, tal vez, lo es en realidad, salvo ese poder pasivo que le hace temible, no por sí, sino por lo que lleva consigo. El caso es semejante al de las diversas moscas tropicales y al de los mosquitos cuya picadura es grandemente dañina y, a veces, letal para el hombre, a causa de los parásitos que inocula y difunde.

Así, estudiando esta enfermedad de la planta más cultivada del mundo, después del trigo, fue como pudo el norteamericano Stanley anunciar, en el no muy lejano año de 1935, que había aislado el virus. Pero esta noticia por sí sola no había conmovido a los hombres de ciencia, desilusionados por muchos colegas que antes que Stanley habían hecho anuncios semejantes. El sabio norteamericano afirmaba, además, que el cirus del mosaico del tabaco no era otra cosa que una sustancia química en forma de sutiles agujas cristalizadas, fuera del cuerpo de la planta, y que una vez que volvía a introducirse en los tejidos determinaba nuevamente la enfermedad.

Esta era la novedad; y como el americano describía el método para la preparación de la sustancia presente en la planta de tabaco enferma, fue posible repetir la prueba y verificar su exactitud.

Se trataba de una sustancia compleja, de naturaleza proteica, esto es, constituida con los componentes esenciales de la vida, y cuyos cristales eran fácilmente solubles en el agua. Desde el momento en que se estaba en presencia de una sustancia química, era necesario aceptar que la unidad no era ya la célula sino la molécula; ¿podía el virus identificarse con la molécula de la proteína cristalina? Si el virus no es otra cosa que una molécula, esto explica por qué era invisible y por qué podía pasar a través de los filtros de porcelana.

En este punto termina la historia de la enfermedad del tabaco porque los investigadores, estimulados por lo que prometía el hallazgo, se arrojaron ávidamente sobre otras enfermedades de las plantas, de los animales y del hombre, decididos a ampliar, completar y mejorar los resultados obtenidos por el mal del mosaico. Los esfuerzos concordes de químicos, físicos, botánicos y médicos han alcanzado en cinco años tales éxitos y han abierto tales perspectivas, que permiten considerar como legítimas las más atrevidas esperanzas. La planta enferma del tabaco ha pasado, pues, como los quisantes de Mendel, a ocupar un lugar en la historia benemérita de la civilización humana. Un nuevo mundo está a las puertas; una nueva posibilidad inesperada se abre a la voluntad y a la técnica del hombre. Aquellos que todavía se empeñan en establecer distinciones entre ciencia pura y ciencia aplicada, no tienen bien claros en la mente hechos e ideas. Una vez más, en la historia de los conocimientos se demuestra que el fenómeno más lejano, el menos "práctico", el menos "útil", puede ser fuente maravillosa de aplicaciones y de triunfos.

Volvamos a los virus y veamos las consecuencias del descubrimiento de Stanley. Los virus son sustancias cuyas moléculas tienen dimensiones notable, si las comparamos con las dimensiones de las moléculas normales, pero siempre pequeñísimas con relación a las de una célula. Un bacilo vendría a tener el tamaño de un guisante, en proporción a la molécula del virus, si ésta tuviese el del punto con que indicamos que cierra este período. Esta proporción se invierte por completo si establecemos un parangón entre la molécula del virus y la de otra sustancia cualquiera. En este caso la primera sería la que tendría las dimensiones del guisante, y la de la albúmina, por ejemplo, en proporción, las de un punto final. Las moléculas del virus se encuentran, como dicen pintorescamente los hombre de ciencia, dispersas, esto es, en suspensión y vagando en un líquido, a la manera de miríadas de globitos suspendidos en el aire. Para separarlas del líquido en que se encuentran no sirve el filtro, por la extremada pequeñez de las moléculas; pero, en cambio, sirve la centrífuga.

Esta es conocida por todos, aunque no sea más que por haber visto separar con ella crema de la leche, suero de la sangre, u otras cosas por el estilo. Pero si no la conocéis haced esta experiencia: recoged en un vaso de agua de un lodazal y dejadla allí por unos días; al cabo de ellos veréis un depósito fangoso en el fondo del vaso, y el agua limpia en la superficie. Sustituid la gravedad que ha obrado sobre las partículas de tierra, por la fuerza de una masa que gira en sentido horizontal y tendréis la centrífuga. Gracias al movimiento veloz, las partículas se depositan en el fondo y el líquido queda limpio en pocos minutos. Esto es relativamente fácil cuando las partículas suspendidas en el líquido tienen las dimensiones de los granos de arena, pero ¡pensad en hacerlo con moléculas! Para hcer sentir a éstas la fuerza centrífuga se necesitan velocidades que tienen algo de inverosímiles. Así se creó la ultracentrífuga. El primer modelo daba diez mil revoluciones por minuto, pero todavía era poco; se consiguieron veinte mil y cuarenta mil; después se llegó a las cuatrocientas y las setecientas mil revoluciones por minuto. Modificando y perfeccionando el sistema se obtuvieron las novecientas mil revoluciones (no es un error de imprenta) pero el aparato se destrozó a los pocos experimentos. Sin embargo, esas y aun más altas velocidades se alcanzan hoy con nuevos modelos.

La ultracentrífuga no es un aparato: tubos, cilindros, lámparas, termómetros, parapetados; ejes de hierro T, la hacen parecer, más bien, una central eléctrica. A la velocidad de la ultracentrífuga los estratos de los tejidos enfermos se purifican, depositando las moléculas del virus en el fondo del recipiente. La lectura se hace iluminando éste con la luz de una lámpara a mercurio, pasada a través de una pantalla roja y tomando fotografías a intervalos regulares de tiempo. Así se obtiene una película en la que se distinguen dos campos: uno claro y el otro oscuro. Este último es el que representa el depósito de las moléculas. Por la velocidad de sedimentación y por la altura del campo oscuro se calcula, con fórmulas matemáticas, la magnitud de cada una de las moléculas.

Todo esto es ya complicado, pero a los hombres de ciencia no les basta. El virus, ahora, ha sido aislado, medido, conocido en su naturaleza. Pero si se le quiere ver en la célula enferma, el microscopio no sirve, porque los aumentos de mil y de dos mil diámetros son inútiles para magnitudes del orden de las moléculas. Y aquí tenemos a la técnica ofreciendo otro prodigio: el microscopio electrónico. A despecho de la identidad del nombre este microscopio no usa haces de luz ni lentes de vidrio; no forma parte de la óptica. El microscopio electrónico es, como dice el adjetivo, un microscopio con medios electrónicos. El haz de luz es sustituido por un haz de electrones o de rayos catódicos; esos mismos que permiten al médico "ver" vuestras costillas en el gabinete de radiología. En lugar de los lentes de vidrio, lo que hay son campos magnéticos o campos eléctricos. Al final una placa fotográfica o una pantalla fluorescente se encargan de traducir los haces de electrones en imágenes visivas, exactamente como se hace con las imágenes radiológicas de vuestros huesos. El milagro consiste en los aumentos que el método ofrece: ¡de diez mil a veinte mil diámetros! Esto quiere decir que un bacilo aparece de tres o cuatro centímetros de largo; una espiroqueta como una culebrita, y un protozoo es todo un monstruo. ¿Y el virus? Del tamaño de granos de pimienta, inmergidos en el plasma celular.

El virus nos transporta al problema de la vida. Esas moléculas que se multiplican vertiginosamente en los tejidos de la planta, que se difunden de célula a célula a través de la corriente vital del plasma, ¿son organismos vivientes?, ¿son sustancias químicas? Pero ¿cómo puede considerarse sustancia inerte aquello que se reproduce? Y, por otra parte, ¿qué otros atributos de vida podemos suponer a las moléculas, además de ese desdoblamiento, de esa multiplicación en los tejidos? En el caso del virus del tabaco es harto evidente que se trata de una sustancia química inerte, fuera del organismo; fácilmente alterable con el calor, con los ácidos, y que sólo en el interior del organismo viviente encuentra las condiciones oportunas para producirse, no para reproducirse. Su aumento es debido a un superabastecimiento de materiales que efectúa, tal vez contra su voluntad, la célula huésped, y a una reacción vital, como la respiración, que la misma célula no puede evitar. La llegada del exterior de la sustancia desencadena el primer movimiento, como, estableciendo un paralelo hecho ya anteriormente, la caída de un cristal de sal de cocina en una solución salina determina el aumento del cristal porque en sus facetas se adhiere nueva sustancia. La molécula del virus, introducida en la célula se enriquece de materiales y se produce en cantidad notable. Si las células que rodean el punto infestado mueren, el virus queda prisionero y su difusión detenida. Su "vitalidad", por lo tanto, es aparente y depende de la vitalidad de la célula. La célula muerta no puede abastecer a la molécula del virus de nuevas sustancias y la constriñe, así, a la invasión. Si el virus se difunde por toda la planta, ésta no muere, pero arrastra una vida retardada y raquítica, y su actividad biológica está como desviada; sus reacciones vitales, en vez de producir las sustancias orgánicas necesarias, producen las sustancias anormales que constituyen la materia del virus.

No todos los virus parecen tener las propiedades del que ha sido aislado en el mosaico del tabaco. Las moléculas de los virus de los animales y del hombre tienen mayores dimensiones y su estructura es más complicada. Si suponemos al virus del mosaico del tabaco de las dimensiones de la punta de una aguja de coser, al de la gripe, en proporción, deberíamos imaginarle como una arveja. Quizá estos virus esconden una urdimbre primitiva vital; quizá son verdaderamente organismos vivientes más pequeños y más simples; quizá poseen, tan sólo, algunas capacidades vitales, como la reproducción y la oxidación, mientras para las otras, comprendida la nutrición, tienen necesidad de la ayuda de las células en que se hacen parásitos.

¡Detengámonos, por el momento, ante esta incógnita! La materia de que está hecho el virus es, ciertamente, extraña, mudable, y caprichosa. Absortos ante este ofuscador misterio, los hombres de ciencia dirigen sus esfuerzos hacia un aspecto menos filosófico, pero no menos bello. Es necesario combatir el virus; es necesario forjar las armas contra el enemigo invisible. La señal ha sido dada por la planta del tabaco, ¡buena, según muchos piensan, solamente para dar humo! ¡No cabe duda de que la guerra será ganada!

PAG 148 a 157



Elio Baldacci
Editorial Sudamericana Buenos Aires
1964
Enlace de Web Emisora: www.serynoser.com
 
COMENTARIOS


Nombre:

Web:

E-Mail:

Comentario: