S E R Y N O S E R


03 - 02 - 2011
La Vida Secreta de las Plantas
Las plantas tienen inclusive un sentido se orientación y del futuro. Los cazadores y exploradores fronterizos de las praderas del Valle de Misisipi, descubrieron un girasol, el Silphium laciniatum, cuyas hojas indican con toda exactitud los puntos de la brújula. El regaliz indio, o Arbrus precatorius, es tan delicado y sensible a todas las formas de influencias eléctricas y magnéticas, que se utiliza como planta indicadora del tiempo atmosférico. Los botánicos que hicieron los primeros experimentos con esta planta en los Kew Gardens de Londres, descubrieron en ella dispositivos para predecir ciclones, huracanes, tornados, terremotos y erupciones volcánicas.



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El Instituto de Agrofísica fue fundado hace más de cuarenta años a solicitud del célebre físico del estado sólido, y académico, Abram Feodorovich Ioffe, quien se interesó de manera especial por la aplicación práctica de la física al diseño de nuevos productos, primero en la industria y depués en la agricultura. Cuando abrió el instituto sus puertas, Karamanov, que entonces era un joven biólogo, fue exhortado por Ioffe a estudiar el mundo de los semiconductores y de la cibernénita, y siguiendo su consejo, empezó con el tiempo a construir microtermistores, tensiómetros de peso y otros instrumentos,, para registrar la temperatura de las plantas, la circulación de los líquidos en sus tallos y hojas, la intensidad de su transpiración, sus índices de crecimiento, y las características de su radiación. No tardó en captar información detallada sobre cuándo y que cantidad quiere beber una planta, si desea más alimento o si está demasiado caliente o demasiado fría. En el primer número de Reports of the URSS Academy of Sciences de 1950, Karamanov publicó un trabajo titulado "La aplicación del automatismo y de la cibernética al cuidado de las plantas".

Según el reportero de Izvestiya, Karamanov mostraba cómo una planta leguminosa corriente había adquirido algo equivalente a "manos" para indicar a un cerebro instrumental qué cantidad de luz necesitaba. Cuando el cerebro mandaba señales a las "manos", "estas no tenían más que oprimir un conmutador, y la planta podía entonces establecer por propia cuenta la longitud óptima de su día y de su noche". Posteriormente, cuando la misma planta había adquirido el equivalente de unas "piernas", podía instrumentalmente indicar si necesitaba agua. "Acreditándose como un ser perfectamente racional - seguía el reportaje -, la planta no se atragantaba vorazmente de agua sin ton ni son, sino que se limitaba a beber unos dos minutos por hora, regulando la cantidad que necesitaba con la ayuda de un mecanismo artificial".






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En un artículo publicado en el primer número de 1973 en Khimiya i Zhizn (Química y Vida), se revela que los soviéticos tratan de buscar la manera de cambiar el consumo de carbón, petróleo y gas natural - tres formas de energía solar capturada originalmente por las plantas - por nuevos medios más directos y libres de contaminación atmosférica de aprovechar la fuerza solar. El artículo habla de las investigaciones del premio Nobel norteamericano, Melvin Calvin, en el campo de la fotosíntesis, donde descubrió que la clorofila de las plantas, bajo la influencia de los rayos del sol, pueden ceder electrones a un semiconductor como el óxido de zinc. Melvin y sus colaboradores crearon un "fotoelemento verde", que producía una corriente de aproximadamente 0.1 microamperios por centímetro cuadrado. Al cabo de unos cuantos minutos, dice la revista, la clorofila de las plantas pierde sensibilidad o "se agota", pero su vida puede prolongarse añadiendo hidroquinona a la solución salada que opera como electrolito. La clorofila parece funcionar como una especie de bomba de electrones, que los pasa de la hidroquinona al semiconductor.
Calvin ha calculado que un fotoelemento de clorofila con un área de diez metros cuadrados puede producir un kilovatio de poder.





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La primera oportunidad que se le brindó a Burbank para conquistar la fama que le esperaba, fue cuando en la primavera de 1882 una variedad de ciruelas, que se secaban fácilmente y se podían facturar sin peligro porque resistían mucho, empezó a entrar en los huertos de California por los beneficios económicos que representaban. En marzo, un avisado banquero de la vecina población de Petaluma, temeroso de perderse aquel auge, preguntó a Burbank si le podía mandar veinte mil ciruelos jóvenes para plantarlos en diciembre en una propiedad de más de ochenta hectáreas. Todos se empeñaban en que era imposible, añadía el preocupado banquero. Burbank sabía que, si se lo hubiese dicho dos años antes, nada habría sino tan sencillo como obtener de su semillar ciruelos jóvenes ordinarios, injertarlos con los de la variedad nueva a fines de verano, y después de cortar las puntas de los ciruelos originales, observar cómo desarrollaban retoños de la variedad nueva al año siguiente. Pero, se preguntaba, ¿cómo podría hacer esto en sólo ocho meses?

Entonces se le ocurrió que las almendras, miembros del género Prunus, podían brotar mucho más rápidamente que los huesos duros de las ciruelas. Compró un saci de ellas, las hizo echar brotes en agua caliente, siguiendo el método que había adoptado en Massachusetts con el maíz, lo cual le permitió adelantarse a los demás agricultores más de una semana en el mercado. Pero, ni aún así, los pequeños vástagos estarías en condiciones de injertarse hasta junio, y ya quedaba poco tiempo. Recibiendo un anticipo en dinero del banquero, Burbank contrató a cuantos hortelanos encontró en la región. Trabajaron sin descanso; cuando se terminó la labor, Burbank hizo votos porque sus diminutos esquejes se convirtiesen en árboles de la talla de una mujer corriente en los cuatro meses que quedaban para efectuar la entrega según contrato. Tuvo suerte: antes de Navidad pudo entregar 19,500 árboles al banquero, que estaba radiante de alegría. Los demás horticultores se quedaron con la boca abierta ante aquella hazaña, que no sólo produjo 6,000 dólares a Burbank, sino que le enseñó que la producción en masa era una de las claves para arrancar a la naturaleza los secretos que normalmente se negaba a revelar.

Así comenzó la revolución pomológica de Burbank, que le indujo a desarrollar nuevos tipos de ciruelas, incluso una, llamada Climax, que sabía a piña, y otra que tenía sabor a pera, y que hoy constituyen más de la mitad de la gigantesca cosecha de California: el melocotón de gran aceptación llamado July Elberta de Burbank, la sabrosa necterina de oro radiante Burbank, un castaño que parecía un arbusto y que producía su cosecha a los seis meses de haberse sembrado, una mora blanca del color del cerrión, y dos membrillos tan jugosos, que la mayor parte de los horticultores ya no piden otro.

Para desarrollar sus nuevas frutas, Burbank se dio tal prisa que con toda la facilidad pudo llevar a cabo millares de polinizaciones recíprocas, mientras los especialistas ortodoxos de las plantas amontonaban pilas de notas redactadas en términos pedantes, para lograr sólo unas cuantas docenas en el laboratorio. No era extraño que los catedráticos lo estuviesen tildando a todas horas de tramposo y, sobre todo, de que compraba en el extranjero sis "nuevas creaciones". Porque Burbank, convencido de que las plantas, lo mismo que las personas, se conducían de manera distinta cuando estaban lejos de su casa, hacía pedidos de variedades experimentales a lugares tan remotos como Japón y Nueva Zelanda, para cruzarlas con las domésticas. Introdujo más de mil plantas nuevas, que, si se reparten por igual entre el tiempo que duró su actividad, representaban un nuevo espécimen cada tres semanas, proporción jamás vista hasta entonces. A pesar de la maledicencia y las campañas de desprestigio desencadenadas por científicos envidiosos y duros de mollera, este milagro y esta taumaturgia fue anunciada con todos los honores por expertos profesionales de grandeza suficiente para reconocer un genio cuando se topaban con él, aunque no llegasen a entenderlo siempre.

Liberty Hyde Bailey, la figura universal de más talla de la botánica norteamericana, quien antes dijera en una asamblea mundial de horticultores que "el hombre no podía hacer gran cosa para producir variaciones en las plantas", salió de la Universidad de Cornell para ver con sus propios ojos a qué obedecía el furor que estaba provocando Burbank. Al regresar de Santa Rosa, no pudo ocultar su estupor, y el mismo año escribía en la revista World`s Work:
Luther Burbank es cultivador de plantas por profesión, y no hay quien llegue en este país a su altura en esta actividad. Tantas y tan maravillosas han sido las plantas nuevas que ha dado al mundo, que se le ha llamado el "brujo de la horticultura". Este apodo le ha granjeado la enemistad o los prejuicios de muchas personas. Luther Burbank no es un brujo. Es un hombre honrado, sincero, responsable, buscador y perseverante. Está convencido de que las causas producen efectos. En él no hay otra magia que la de la inquisición paciente, el entusiasmo irreductible, una mente sin prejuicios y un criterio extraordinariamente penetrante para apreciar los méritos y capacidades de las plantas.

Esto llenó de satisfacción a Burbank, quien estaba dolido por los rumores derogatorios que corrían sobre su actividad en los mentideros académicos. En el salón de conferencias de la Universidad de Stanford, atestado de público, dijo: "La ortodoxia es anquilosamiento. No hay nadie en casa. ¡Llamen al sepulturero para obtener mayor información!"

El profesor H. J. Webber, geneticista encargado del cultivo de plantas en el Departamento de Agricultura de Estados Unidos, proclamó que Burbank había ahorrado al mundo casi cuarto de siglo con su simple esfuerzo personal, en el cultivo de vegetales. David Fairchild, que estuvo explorando años y años el mundo en busca de plantas nuevas que pudieran ser comercialmente beneficiosas a Estados Unidos, aunque desorientados por los métodos de Burbank, exteriorizó las impresiones que recibió en su visita a Santa Rosa, con las siguiente palabras, escritas en una carta a un amigo: "Hay quienes dicen que Burbank no es un científico. Esto sólo es verdad en el sentido de que ha querido hacer tanto, y se ha sentido tan fascinado con el deseo de crear algo nuevo, que no siempre ha tomado nota por escrito de las medidas que ha adoptado ni de los pasos que ha seguido"





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No llevaba en el sur más que unas cuantas semanas, cuando comprendió que el problema principal de aquellas tierras llanas que se extendían por centenares de kilómetros cuadrados, era la siembra año tras año de la misma cosecha de siempre, el algodón, que las estaba envenenando, y venía agotando desde hacía varias generaciones la fertilidad de su suelo. Para contrarrestar el despojo a que lo estaban sometiendo millares de cultivadores, resolvió establecer una estación experimental. Instaló allí un laboratorio privadom al que puso el nombre de "Tallercito de Dios", en él se sentaba horas y horas a comulgar con las plantas, y no permitió que entrase jamás en él un solo libro.

Las clases que daba a sus alumnos de Tuskegee eran de lo más sencillo, aunque al mismo tiempo sumamente profundas. Cuando el canciller de la Universidad de Georgia, W. B. Hill, fue personalmente a Tuskegge para ver por sí mismo si el profesor negro eran tan brillante como se rumoreaba, declaró que la exposición que le hizo Carver del problema de agricultura sureña fue "la mejor conferencia que he tenido el privilegio de escuchar en mi vida". A los alumnos de Carver les producía gran impresión ver que su profesor se levantaba todas las mañanas a las cuatro en punto para recorrer el bosque antes de iniciar la jornada diaria, llevándose consigo innumerables plantas para ilustrar sus clases. Explicó esta costumbre a sus jóvenes amigos, diciendo: "La naturaleza es la maestra más excelente, y de ella aprendo las cosas mejores mientras los demás duermen. En las quietas oscuras que preceden a la salida del Sol, Dios me comunica los planes que tengo que desarrollar".

Durante más de diez años estuvo trabajando diariamente en parcelas experimentales de terreno, para averiguar de qué manera podría acabar con la chifladura de Alabama por el algodón. En un quiñón de siete hectáreas y media, prescindió del fertilizante comercial, y só´ló´quiso abonarlo con hojas secas del bosque, con el fango fecundo de los pantanos y con estiércol animal de las cuadras. Produjo cosechas tan abundantes de diversos cereales, que llegó a la conclusión de que "en Alabama, los abonos que en cantidades casi ilimitadas estaban a la disposición de cualquiera, se perdían por preferir productos comerciales".

Como buen horticultor, Carver había observado que el cacahuete se bastaba a sí mismo de manera increíble para su cultivo, y que podía desarrollarse perfectamente en una tierra pobre. Y como buen químico, descubrió que tenía tantas proteínas como los filetes de solomillo, y tantos hidratos de carbono como las papas. Una tarde, mientras daba vueltas al problema en su taller, se quedó mirando a una planta de cacahuete, y le preguntó: "¿Por qué te hizo el Señor?" De repente, en un momento de inspiración, recibió esta concisa respuesta: "Tienes tres cosas que estudiar en mí: compatibilidad, temperatura y presión".
Con esta idea escueta, se encerró en su laboratorio. Allí, en una semana de insomnio, empezó a analizar el cacahuete en sus componentes químicos y a someterlo a tanteos y errores en diferentes condiciones de temperatura y presión. Con gran satisfacción observó que la tercera parte del pequeño grano estaba compuesta de siete tipos distintos de aceite. Sin tomarse una hora de reposo, analizó y sintetizó, separó y volvió a reunir, clasificó y determinó las partes químicamente diferenciables del cacahuete, hasta que obtuvo dos docenas de frascos, cada uno de los cuales contenía un producto totalmente nuevo.
Al salir de su laboratorio, convocó a una reunión de labradores y especialistas agrícolas, a quienes enseñó lo que había logrado en siete días y siete noches de trabajo. Rogó y suplicó encarecidamente a su auditorio que arasen las plantaciones destructivas de algodón y sembrasen en su lugar cacahuete, asegurándoles que les iba a representar una cosecha económicamente mucho más valiosa que la que parecía indicar el uso que hasta entonces se diera a los cacahuetes como pienso para cerdos.
Sus oyentes no sabían a qué carta quedarse, sobre todo cuando Carver contestaba a su ruego de que les explicase los métodos que empleaba, diciendo que no se afanaba por estudiarlos, sino que se le ocurrían como llamaradas de inspiración mientras vagaba por el bosque. Para resolver las dudas de la gente comenzó a publicar boletines, en uno de los cuales hizo la declaración increíble de que podía extraerse del cacahuete una manteca tica, nutritiva y sumamente sabrosa, y que, mientras se necesitaban cien libras de leche para elaborar diez de mantequilla, con cien libras de cacahuete podían producirse treinta y cinco de excelente mantequilla de cacahuete. En otros boletines les fue enseñando también cómo podían extraer de la batata o boniato numerosos productos heterogéneos: se trataba de una planta tropical de la que no habían oído hablar la mayor parte de los norteamericanos, que se daba generosamente en la tierra del sur, depauperada por el algodón. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial y la carencia de tintes constituía un grave problema nacional, Carver se echaba a andar al romper el día a través de la bruma y del rocío, y preguntaba a sus plantas amigas cuáles de ellas podrían contribuir a subsanar aquel déficit. De las hojas, raíces, tallos y frutos de veintiocho voluntarias, llegó a obtener 536 sustancias tintóreas, que podrían utilizarse para teñir lana, algodón, lienzo, seda y hasta cuero; 49 de ellas podían obtenerse sólo de la uva silvestre y su zarza.

Sus trabajos terminaron por atraerse la atención de toda la nación. Cuando se propagó la noticia de que en el Instituto de Tuskegee se estaban ahorrando doscientas libras de trigo al día, mezclando dos partes de harina ordinaria con otra obtenida de los boniatos, acudieron a enterarse numerosos autores y escritores de dietas y alimentos, interesados en cooperar con la campaña para economizar trigo mientras duraba la guerra. Se los obsequió con panecillos deliciosos hechos de cinco harinas mezcladas, y se les ofreció un verdadero banquete de cinco platos a base de cacahuetes y batatas, y de una combinación de ambos, que Carver llamaba "imitación de pollo". Los demás vegetales y hortalizas que se sirvieron, eran acederas, mastuerzos, achicoria salvaje y dientes de león, aliñados como ensalada, para corroborar la afirmación de Carver de que las plantas naturales y selváticas eran mucho mejores que las cultivadas por el hombre, que habían perdido su vitalidad natural. Los especialistas en la nutrición, quienes comprendieron que las ideas de Carver podían contribuir notablemente a los esfuerzos que la guerra imponía, se abalanzaron al teléfono para comunicar la noticia a sus periódicos, y Carver, que ya era conocido en el mundo de la ciencia desde el año anterior, al ser elegido miembro de la famosa Real Sociedad británica, figuró desde entonces en los grandes titulares de la prensa.

Invitado a Washington, dejó deslumbrados a los altos funcionarios gubernamentales con docenas de productos, entre ellos un almidón de gran valor para la industria textil, que después iba a ser un componente de la goma de miles de millones de sellos norteamericanos de correos.

Después se le ocurrió a Carver que el aceite de cacahuete podía ser beneficioso para los músculos atrofiados de las víctimas de polio. Los resultados fueron tan pasmosos, que tuvo que dedicar un día al mes para tratar a los pacientes que acudían a su laboratorio con muletas y bastones o llevados en camillas. Esto fue callado en los ambientes médicos, lo mismo que la aplicación de emplastos de aceite de ricino que recomendara más o menos por aquel tiempo el "profeta durmiente", Edgar Cayce, con los cuales están empezando a realizar curas en verdad asombrosas y aun totalmente inexplicables para los médicos de amplio criterio investigador y de intrépida iniciativa.

En 1930, el cacahuete tan sin valor hasta entonces, se había convertido, gracias a la clarividencia de Carver, en un capital para los agricultores del sur, que alcanzó el valor de doscientos cincuenta millones de dólares, y había creado una industria gigantesca. Se calculó en 60 millones de dólares anuales el valor del aceite de cacahuete solamente, y su mantequilla empezaba a ser uno de los alimentos favoritos hasta de los niños norteamericanos más pobres. No satisfecho con sus realizaciones, Carver logró elaborar papel de un pino local del sur, lo cual estimuló a los madereros a cubrir millones de hectáreas meridionales con bosques productivos de monte bajo.

En plena depresión, Carver fue nuevamente invitado a Washington para rendir testimonio ante el poderoso Comité de Modos y Medios del Senado norteamericano, que estaba estudiando el proyecto de ley de tarifas aranceralias de Smoot-Hawley para proteger la industria norteamericana que pasaba por una situación crítica. Vestido con su consabido y aparentemente eterno traje negro de dos dólares, y con su flor proverbial en el ojal y una corbata de factura doméstica, llegó Carver a la Unión Station y, al rogar a un maletero que le llevase el equipaje y le indicase por dónde se iba al Congreso, se encontró con la contestación siguiente: "Lo siento, papá, pero no tengo tiempo para atenderle. Estoy esperando a un sabio importante de color que viene de Alabama".
Carver, pacientemente, cargó con sus maletas hasta un taxi, que lo llevó al Capitol Hill.
Aunque el comité sólo le había concedido diez minutos para rendir testimonio, en cuanto empezó a dar explicación y a sacar de su maletín polvos para la cara, sustitutos de petróleo, champús, creosota, vinagre, tintes para maderas y otras muestras de innumerables creaciones preparadas en su laboratorio, el vicepresidente de los Estados Unidos, el quisquilloso "Cactus Jack" Garner, de Texas, se saltó el protocolo y le dijo que se tomase el tiempo que quisiese, porque su demostración era la mejor que se había presentado ante un comité del Senado.

En las investigaciones a que dedicó la mitad de su vida, había creado millares de fortunas para otras personas, pero rara vez solicitó patente alguna por sus ideas. Cuando le hacían consideraciones los industriales y políticos prácticos sobre el dinero que podría haber amasado con sólo haberse procurado esta protección oficial, se limitaba a contestar:
- Dios no me cobró nada a mí ni a ustedes por crear los cacahuetes. ¿Por qué voy a aprovecharme yo de los productos derivados de ellos?
Lo mismo que Bose, Carver creía que el fruto de su mente, por alto que fuese su valor, debía regalárselo a la humanidad.

Thomas A. Edison dijo a sus socios: "Carver vale una fortuna", y respaldó esta afirmación ofreciendo al químico negro un empleo con un sueldo astronómicamente elevado. Pero él declinó la oferta. Henry Ford, quien estaba convencido de que era "el más grande científico viviente", intentó atraérselo a su empresa de River Rouge, pero no tuvo mejor éxito.

Como la fuente de que procedía su magia con los productos vegetales era tan extraña e insospechable, sus métodos siguieron siendo tan indescifrables para los científicos y el público en general como los de Burbank. Los visitantes que encontraban a Carver afanándose en su banco de trabajo, entre un montón confuso de moldes, abonos, plantas e insectos, se sentían decepcionados ante la absoluta simplicidad de sus contestaciones a las preguntas insistentes que le formulaban y a sus peticiones de que les revelase sus secretos. Muchos de los visitantes no encontraban significado alguno en aquellas respuestas. A uno de ellos le dijo:
- Los secretos están en las plantas. Para sacárselos, hay que amarlas.
- ¿Pero cómo es que tan poca gente tiene el poder de usted? - insistió el hombre - ¿Quién además de usted puede hacer estas cosas?
- Cualquiera las puede hacer - replicó Calvert -, con cólo que la crea - dio unos golpecitos a la gran Biblia que tenía sobre la mesa, y añadió -: Todos los secretos están aquí. En las promesas de Dios. Estas promesas son reales, tan reales como esta mesa, en la que cree completamente un materialista, sólo que infinitamente más sólidas y sustanciales que ella.

En una conferencia pública, donde fue muy aplaudido, refirió cómo había logrado extraer de las bajas montañas de las arcillas y otros tipos de tierra, de Alabama centenares de colores naturales, entre ellos, un pigmento raro de azul intenso, que dejó asombrados a los egiptólogos, los cuales creyeron que había vuelto a descubrir aquel hombre el color azul de la tumba de Tutankhamen, tan fresco y vivo al cabo de tantos siglos como cuando se aplicó.

Tenía Carver ochenta años más o menos - la fecha exacta de su nacimiento no se ha podido fijar, porque no se llevaba constancia ni documentación de los hijos de los esclavos -, cuando dirigió la palabra a un grupo de químicos reunidos en Nueva York, al estallar en Europa la Segunda Guerra Mundial.
"El químico ideal del futuro - les dijo Carver -, no se quedará satisfecho con los análisis rutinarios y pesados de todos los días, sino que se atreverá a pensar y proceder con una independencia que antes no le fuera permitida, descifrando ante nuestros ojos un verdadero laberinto místico de productos nuevos y útiles extraídos del material que tenemos bajo nuestros pies en su mayor parte, y que hoy consideramos de escaso o nulo valor".

No mucho antes de que muriese Carver, un visitante que fue a verlo en su laboratorio observó cómo extendía sus largos y sensitivos dedos hacia una florecilla que había en su banco de trabajo.
- Cuando toco esa flor - le dijo casi en éxtasis -, es como si tocase el infinito. Existió mucho antes de que hubiera seres humanos en esta tierra y seguirá existiendo durante millones de años todavía. A través de esta flor, yo hablo con el infinito, que es una fuerza silenciosa. Este no es un contacto físico. No se trata de algo que haya en el terremoto, en el viento o en el fuego. Pertenece al mundo invisible. Es esa suave vocecita que llama a las hadas.
De repente se detuvo, y tras un momento de reflexión, sonrió a su visitante, diciéndole:
Mucha gente lo sabe esto instintivamente, y mejor que todos Tennyson, cuando escribió:

Florecilla de la pared hendida,
Yo te arranco de la hendidura,
Te tengo en mi mano, con raíz y todo,
Florecilla . . . pero, si pudiera entender
Lo que eres con raíz y todo, y todo en el todo,
Sabría lo que Dios y el hombre.





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En el experimento más extraño que llevó a cabo jamás Charles Darwin con una planta, fue sentarse delante de su Mimosa pudica, o "No me toques", y ponerse junto a ella a tocar el fagot para ver si lograba estimular sus hojuelas sutiles como plumas, y lograr que se moviesen. El experimento no le resultó, pero fue lo suficientemente extraño para impulsar al célebre fisiólogo alemán de las plantas, Wilhelm Pfeffer, autor de Handbuch der Pflanzenphysiologie (Manual de fisiología de las plantas), a intentar arrancar una reacción por medio del sonido a los estambres de la Cynararea, perteneciente a una pequeña familia de hierbas erectas, sin conseguirlo tampoco.
Cuando, en 1950, el profesor Julián Huxley, biólogo nieto de Thomas Henry Huxley y hermano del novelista Aldous visitó al doctor T. C. Singh, directos del departamento de botánica de la Universidad de Annamalai, al sur de la ciudad de Madras, en que se habla el tamil, lo encontró estudiando al microscopio la corriente vital del protoplasma de las células de la Hydrilla verticillata, planta acuática de origen asiático que tiene largas hojas transparentes. Estaba enterado de los experimentos de Darwin y Pfeffer, y se le ocurrió que con aquel aumento bastaba para que su visitante viese si el proceso circulatorio quedaba afectado por el sonido.
Como la circulación del protoplasma en los vegetales comienza a acelerarse depués de puesto el sol, Singh colocó un diapasón operando eléctricamente cerca de dos metros de la Hydrilla, y observó por el microscopio que la nota del diapasón, transmitida durante media hora antes de las 6 de la mañana, hacía que la corriente del protoplasma fluyese a la velocidad normal en horas mucho más avanzadas del día.
Rogó después a su joven ayudante, Stella Ponniah, violinista y bailarina notable, que tocase unas cuantas notas en su instrumento sin alejarse de la Hydrilla. Lo hizo a determinado tono, y volvió a acelerarse la circulación protoplásmica.
El raga es una forma tradicional de canción devota del sur de la India, que tiene un sistema tonal capaz de producir en el oyente un profundo sentimiento religioso y emociones específicas: Singh decidió probar sus tonos con la Hydrilla.
El señor Krishna, el avatar octavo y principal, y encarnación de la divinidad hindú Vishnú, había promovido, según decía la leyenda, con su música cautivadora el crecimiento y lozanía de la flora de Vrindavan, ciudad situada a la orilla del río Jamuna en la región septentrional-central de la India, famosa tradicionalmente por sus músicos santos. Dícese que, mucho después, un cortesano del famoso emperador mogol Akbar logró realizar milagros portentosos con sus canciones, como atraer la lluvia, encender lámparas de aceite, reverdecer las plantas y hacerlas florecer, con sólo interpretarles ragas. Esta sugestiva idea está confirmada en la lectura tamil, que habla de los ojos, o capullos, de la caña de azúcar, los cuales se desarrollaban vigorosamente al zumbido melifluo de los escarabajos sin motas, y al rezumar vago del néctar azucarado de las flores doradas de la Cassia fistula, después de escuchar las melodías sentimentales con que se las recreaba.
Singh, que conocía estas antiguas tradiciones, indicó a su ayudante que ejecutase el aire de la India meridional Maya-malavagaula raga para las mimosas. Al cabo de quince días, descubrió con intensa emoción que el número de estomas por unidad de las plantas experimentales era un 66 por ciento más alto, los muros epidérmicos más espesos, y las células de sus parénquimas terminales más largas y anchas que las de las plantas de control, a veces hasta un 50 por ciento.
Decidido a continuar su experimentación, suplicó a Gouri Kumari, conferenciante del Colegio de Música de Annamalai, que tocase un raga titulado Kara-hara-priya para algunos árboles del bálsamo. Kumari, que era un virtuoso, estuvo tocando veinticinco minutos todos los días con un instrumento en forma de laúd, generalmente provisto de siete cuerdas, el veena, tradicionalmente asociado con Saraswati, diosa de la sabiduría. En el decurso de la quinta semana, los bálsamos seleccionados para el experimento empezaron a echar más brotes que sus vecinos, y a fines de diciembre, habían producido por término medio un 72 por ciento más de hojas que las plantas de control, y habían crecido también un 20 por ciento más.
Hizo entonces Singh experimentos con un gran número de especies vegetales, como asters, petunias, cosmos y lirios blancos de forma de araña, junto con otras plantas económicas, como cebollas, sésamos, rábanos, boniatos y tapioca.
Estuvo entretenido Singh a cada una de estas especies varias semanas antes de salir el sol, haciendo ejecutar para ellas más de media docena de ragas distintos, uno por cada experimento, con flauta, violín, armonio y veena; duraba la música media hora cada día, por octava alta, con frecuencias entre cien y seiscientos ciclos por segundo. Basándose en toda esta experimentación, pudo Singh declarar en la revista del Colegio Agrícola Bihar, de Sabour, que "había demostrado sin lugar a dudas que las ondas de sonido armonioso influyen en el crecimiento, floración, producción de frutos y semillas de las plantas".
Ante estos resultados, empezó a pensar si con el sonido, debidamente administrado, no se podría lograr que las cosechas fuesen mayores. De 1960 a 1963 estuvo ejecutando en un gramófono, y ampliando con un megáfono, el Charukesi raga, para seis variedades de arroz "palay" temprano, medio y tardío, cultivado en siete aldeas del estado de Madrás y en Pondicherry, en la Bahía de Bengala, y logró cosechas siempre del 25 al 60 por ciento mayores que las corrientes en la región. Consiguieron también hacer por procedimientos musicales que los cacahuetes y el tabaco para mascar produjesen cerca del 50 por ciento más de lo normal. Además comunicó que, con sólo el baile del Bharata Natyam, el estilo más antiguo de danza de la India, ejecutado por muchachas sin ajorcas en los tobillos y sin acompañamiento músico, se había acelerado considerablemente el crecimiento de las margaritas Michaelmas, de las caléndulas y de las petunias, haciendo que floreciesen quince días antes que las plantas de control, al parecer, porque el ritmo de las pisadas se transmitía a ellas a través de la tierra.
Contestando a la pregunta que sentía rebullir en la mente de sus lectores, de a qué se debía exactamente ese efecto producido en las plantas, Singh explicó que, en sus laboratorios, podía demostrar visiblemente que los procesos metabólicos fundamentales de las plantas en relación con su transpiración y asimilación de carbono, bajo el estímulo del sonido musical o del golpe rítmico se aceleraban considerablemente y aumentaban más del 200 por ciento en comparación con los controles. "Las plantas estimuladas - escribía -, se energetizan y sintetizan mayores cantidades de alimentos durante un periodo determinado de tiempo, lo cual produce naturalmente mayores cosechas". Hizo público además que su método de estimulación musical ha hecho que aumente hasta el número de cromosomas de ciertas especies vegetales acuáticas, y el contenido de nicotina de las hojas del tabaco.





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Cuando se dio a conocer su experimentación en toda Norteamérica, Smith recibió una carta de Peter Belton, de la rama de investigadores del departamento canadiense de Agricultura, refiriéndole que había logrado controlar con emisiones de ondas ultrasónicas el desarrollo de la polilla europea perforadora del maíz, cuyas larvas constituyen una verdadera plaga para el crecimiento de la planta. "Al principio, estudiamos y probamos la capacidad de oír del gusano de la polilla - escribió Belton -. Era evidente que estos insectos podían oír sonidos de 50,000 ciclos aproximadamente. Estos agudos sonidos se parecen mucho a los que producen los murciélagos, enemigos naturales de la polilla. Sembramos de maíz dos parcelas de unos tres por seis metros aproximadamente cada una y las separamos con cortinas de plástico de unos dos metros y medio de altas, que podían interceptar esta frecuencia sonora. Entonces transmitimos un sonido parecido al que hacen los murciélagos sobre dos de las medias parcelas, desde el oscurecer hasta el amanecer, durante el periodo en que ponen los huevos las polillas". Belton informó a Smith de que el 50 por ciento aproximadamente de las hojas maduras del maíz estaban dañadas pos las larvas de las parcelas que no tenían música, pero que sólo el 5 por ciento de las parcelas en que las polillas habían sospechado que rondaban los murciélagos habían recibido daños. Al comprobar la cuenta exacta, se vio que en las parcelas que habían percibido el sonido había un 60 por ciento menos de larvas, y que las plantas eran tres pulgadas más altas.
A mediados del decenio de 1960, los esfuerzos desarrollados por Singh y Smith despertaron la curiosidad de los investigadores de la Universidad de Ottawa, Canadá, Mary Measures y Pearl Weinberger. Lo mismo que L. George Lawrence, estaban enterados por los descubrimientos de los rusos, canadienses y norteamericanos, de que las frecuencias ultrasónicas afectan positivamente a la germinación y crecimiento de la cebada, los girasoles, los abetos, cierta variedad de pino, el guisante siberiano, y otras simientes y esquejes. Los experimentos indicaron, aunque sin poderlo explicar, que la actividad enzimática y la respiración de las plantas y su semilla aumentaba, cuando estaban estimuladas por frecuencias ultrasonoras. Sin embargo, las frecuencias que estimulaban el crecimiento de algunas especies entorpecían el de otras. Measures y Weinberger querían saber si determinadas frecuencias audibles del campo sonoro eran tan eficaces como la música para fomentar el desarrollo del trigo.
En una serie de experimentos que duraron más de cuatro años, las dos biólogas expusieron a vibraciones de alta frecuencia granos y pies de planta de trigo de primavera y de invierno, y descubrieron que, según el tiempo que hubiesen estado "vernalizadas" respondían mejor a una frecuencia de 5000 ciclos por segundo.
Desorientadas por los resultados, no podían explicarse las investigadoras por qué el sonido audible había acelerado tan notablemente su crecimiento, que parecían prometer las plantas una cosecha doble. Aquel efecto no podía haberse producido quebrantando las afinidades químicas de las semillas, escribían en el Canadian Journal of Botany, puesto que para ello se requería una energía mil millones de veces mayor que la que aportaban las frecuencias sonoras. Indicaban, en cambio, que las ondas sonoras acaso produjesen un efecto resonante en las células vegetales, con lo cual la energía se acumulaba e influía en el metabolismo de las plantas. En julio de 1968, J. I. Rodales decía en la revista Prevention que Weinberger "está llegando a pensar que, en el equipo agrícola del futuro, habrá un oscilador para producir ondas sonoras, y una bocina".
Al preguntársele si sus experimentos podrían traer como consecuencia la aplicación del sonido a sembrados extensos, la doctora Weinberger contestó en 1973 que se estaban realizando pruebas a gran escala en Canadá, Estados Unidos y Europa para determinar la viabilidad de su idea.
Las observaciones de Weinberger están siendo corroboradas por cuatro científicos de la Universidad de Carolina del Norte, en Greensboro, que han descubierto que el sonido experimental "rosa", el cual suena al oído a una frecuencia de 20 a 20000 ciclos por segundo y 100 decibeles, más o menos lo mismo que el ruido que produce a unos 30 metros de distancia un jet 727 próximo a despegar, hacía que los nabos creciesen mucho más rápidamente que los que se criaban en silencio. El profesor Gaylord T. Hageseth, físico y director del equipo investigador, dice que sus descubrimientos han despertado el interés del Departamento de Agricultura de Estados Unidos, el cual está estudiando su proposición de estimular sembrados de regiones cálidas, como el Valle de San Joaquín en California, donde las temperaturas superiores a 38 grados centígrados adormecen a las semillas de la lechuga. Si se las despierta con una irradiación de sonido, pueden producir dos cosechas por estación en lugar de una, aseguran Hageseth y sus colegas, quienes además proponen que se utilicen las ondas sonoras para impulsar la germinación de la maleza antes de sembrar una tierra. Después podrían escardarse para que la cosecha se desarrollase en un campo limpio.




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Un atardecer de los últimos años del decenio de 1720, el escritor y astrónomo francés Jean-Jacques Dertous de Mairan, estaba regando en su salón de París un grupo de mimosas, cuando observó con sorpresa que la puesta del Sol parecía ser la causa de que aquellas delicadas y sensitivas plantas plegasen sus hojas, lo mismo que cuando las tocaba con la mano. A fuer de investigador auténtico, estimado por su contemporáneo Voltaire, no dedujo inmediatamente que sus plantas "se recogiesen sencillamente para dormir" cuando caía la noche. En lugar de eso, esperó a que volviese a salir el Sol, y metió a dos de las mimosas en un armario totalmente a oscuras. Al verlas al mediodía, observó que sus hojas estaban completamente abiertas, pero cuando se volvió a ocultar el Sol, se cerraron lo mismo que las del salón. Ahora sí que se permitió concluir Mairan que las plantas debían de "sentir" el Sol, aunque no "lo viesen".
Aunque sus investigaciones científicas iban desde el movimiento de la rotación de la Luna y las propiedades físicas de la aurora boreal, hasta la razón de por qué había luz en los fósforos y las peculiaridades del número 9, no logró Mairan dar con la posible causa de este efecto. En su informe a la Academia Francesa se limitó a indicar que sus plantas debían de estar sometidas a la influencia de un factor desconocido en el universo, y que lo mismo ocurría acaso con los pacientes hospitalarios que parecían agravarse acusadamente a determinadas horas.
Dos siglos y medio después, más o menos, el doctor John Ott, director del Instituto de Investigación Ambiental de la Salud y la Luz, de Sarasota, Florida, venía a confirmar las observaciones de Mairan, preguntándose si esta "energía desconocida" no sería capaz de penetrar una cantidad espesa de tierra, que parece ser la única protección eficiente contra la llamada "radiación cósmica".
El doctor Ott se llevó seis mimosas en pleno mediodía a las profundidades de una mina, cerca de doscientos metros bajo la superficie de la tierra. Los especímenes de Ott no reaccionaron como los del armario oscuro de Mairan, sino que cerraron inmediatamente sus hojas sin esperar a que se pusiese el Sol, y eso, a pesar de que se las rodeó de focos encendidos. Lo relacionó con el fenómeno del electromagnetismo, del cual apenas se conocía nada en tiempos de Marian, pero se quedó tan a oscuras como su predecesor francés del siglo XVIII respecto a la causa de aquello.
Los coetáneos de Marian sólo conocían algo sobre la electricidad a través de los griegos, que les habían transmitido lo que sabían respecto a las propiedades del ámbar, o electrón, como lo llamaban, el cual, frotado vigorosamente, puede atraer una pluma o una brizna de paja. Antes de Aristóteles, se sabía que la piedra imán, oxido ferroso negro, podía ejercer también una atracción, igualmente inexplicable, sobre las limaduras de hierro. Como este material se daba en grandes cantidades en una región del Asia Menos, llamada Magnesia, se denominó esta piedra magnes lithos, o piedra magnética, que después quedó reducida a magnes en latín, magnet en inglés, etcétera.
El primero que relacionó la electricidad con el magnetismo fue el sabio del siglo XVI, William Gilbert, cuya erudición filosófica y talento médico le merecieron ser nombrado médico personal de la reina Isabel I de Inglaterra. Después de afirmar que el planeta era un globo de imán, Gilbert atribuyó a esta piedra un "alma", puesto que era "parte y descendencia favorita de su madre animada, la Tierra". Descubrió, además, que había otros materiales además del ámbar, capaces de atraer objetos ligeros si se los frotaba. Les explicó el adjetivo de "eléctricos"" e inventó la expresión "fuerza eléctrica".
Durante muchos siglos se creyó que las fuerzas de atracción del ámbar y la piedra imán eran "fluidos etéreos penetrantes" (expresión de significado confuso), emitidos por las sustancias. Cincuenta años después de los experimentos de Mairan, Joseph Priestley, famoso principalmente por ser el descubridor del oxígeno, escribía en su popular libro de texto sobre la electricidad:

Se supone que la Tierra y todos los cuerpos que conocemos son excepción, contienen una cantidad determinada de cierto fluido sutil y extraordinariamente elástico, al que los filósofos han querido llamar eléctrico. En el momento en que un cuerpo posee una cantidad mayor o menor de la natural, se producen efectos muy notable. Dicen que el cuerpo se electrifica y es capaz de mostrar aspectos (o apariciones) que se atribuyen al poder de la electricidad.

Estamos en el siglo XX, y realmente ha progresado muy poco el conocimiento que tenemos sobre el magnetismo. Como declaró el profesor Silvanus Thompson en la conferencia que dio sobre Robert Boyle inmediatamente antes de la Primera Guerra Mundial: "Estas cualidades ocultas del magnetismo, que han provocado durante siglos la admiración de la humanidad, siguen siendo ocultas, no en el sentido únicamente de que necesitan ser investigadas con experimentos, sino porque su causa última está todavía por explicar". En un texto que publicó inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, el Museo de Ciencia e Industria de Chicago, se dice que los seres humanos no saben aún por qué la Tierra es un imán, cómo pueden los materiales magnéticos ser afectados mecánicamente por otros imanes distantes de ellos, por qué las corrientes eléctricas están rodeadas de campos magnéticos, y hasta a qué se debe el que átomos microscópicos de materia ocupen, a pesar de su inconcebible pequeñez, tan grandes extensiones vacías, pero llenas de volúmenes prodigiosos de energía del espacio.
Durante los tres siglos y medio que han transcurrido desde la publicación de la famosa obra de Gilbert, De magnete (Del imán), se han propuesto muchas teorías para explicar el origen del geomagnetismo, pero ninguna de ellas es satisfactoria.
Lo mismo puede decirse de la física contemporánea que ha sustituido la idea de un "fluido etéreo" por un espectro que radiaciones electromagnéticas, que van desde enormes macropulsaciones, que durante varios centenares de miles de años cada una con longitudes de onda de millones de kilómetros, a las pulsaciones alternas de energía extrarrápida, de 10,000.000,000.000.000.000,000 de veces por segundo, con longitudes de onda de una infinitesimal diez mil millonésima de centímetro. Las radiaciones de primer tipo están asociadas con fenómenos como la alteración del campo magnético de la Tierra, y la segunda con la colisión de los átomos, generalmente de helio y de hidrógeno, que se mueven a velocidades increíblemente altas y se convierten en energía radiante, conocida con el nombre de "rayos cósmicos". Entre unas y otras, hay innumerables bandas de ondas de energía, como los rayos gamma, que se originan en el núcleo del átomo; los rayos X que se originan en su casco; un conjunto de frecuencias que se llaman luz, porque pueden percibirse con los ojos; los utilizados en la radio, la televisión, el radar y en una multitud cada vez mayor de aplicaciones, desde la investigación espacial hasta la cocina electrónica.
Las ondas electromagnéticas se diferencian de las sonoras en que no sólo pasan a través de la materia, sino a través de la "nada", a una velocidad de más de 300 millones de kilómetros por segundo, recorriendo vastas regiones del cosmos, que anteriormente se creía que contenían un medio llamado "éter", pero que hoy se dice que es casi un vacío perfecto. Pero nadie ha explicado todavía exactamente cómo viajan. Como dijo a los autores de este libro un físico eminente: "Sencillamente, no conocemos el mecanismo de esa cosa que nos está tomando el pelo".
En 1747, Jean Antoine Nollet, abad francés y profesor de física del Delfín, se enteró por un físico alemán de Wittenberg, de que el agua, que normalmente cae gota a gota en un tubo capilar, fluye en corriente constante cuando el tubo está electrificado. Después de repetir los experimentos del alemán y añadir algunos otros por cuenta propia, Nollet, según dice él mismo, empezó "a pensar que esta virtud eléctrica podría, si se emplease de determinada manera, producir efectos notables sobre los cuerpos organizados, que podrían considerarse, en cierto modo, como máquinas hidráulicas preparadas por la misma naturaleza". Colocó varias plantas en tiestos metálicos junto a un conductor, y se quedó extrañado al advertir que aumentaba el índice de su transpiración. A través de una larga serie de experimentos, pesó con cuidado, no sólo narcisos, sino gorriones, pichones y gatos, y pudo comprobar que perdían más rápidamente peso cuando se les electrificaba.
Para averiguar de qué manera los fenómenos eléctricos podían influir en las semillas, sembró varias docenas de simientes de mostaza en dos pequeños recipientes, y electrificó uno de ellos durante siete días seguidos, desde las siete a las diez de la mañana, y de las tres de la tarde a las ocho de la noche. Al terminar la semana, los granos del recipiente electrificado habían brotado y crecido hasta una altura promedio de 15 a 16 lignes francesas (la ligne equivale a la duodécima parte de una pulgada, o sea, aproximadamente 2.25 milímetros. Las tres semillas que echaron brotes del recipiente no electrificado, sólo sobresalían de 2 a 3 lignes de la tierra. Como no tenía la menor idea de a qué obedecía aquello, se limitó a indicar en el informe -de la extensión de un libro- que presentó a la Academia Francesa, que la electricidad ejercía profundos efectos sobre las funciones de crecimiento de las formas de vida.
Nollet formuló su conclusión unos cuantos años antes de que Europa se conmocionara con la noticia de que Benjamín Franklin había logrado recoger una carga de electricidad de los rayos, soltando una cometa en una tormenta, cerca de Filadelfia. Cuando la chispa eléctrica fulminó una parte metálica de su estructura, llegó por la cuerda húmeda a que estaba amarrada hasta una botella de Leyden, aparato inventado en 1746 en la Universidad de Leyden, con el cual podía almacenarse la electricidad en agua y descargarse en una sola explosión. Hasta entonces, sólo había podido recogerse en una botella de Leyden la electricidad estática obtenida por un generador electrostático.
Mientras Franklin se dedicaba a recoger electricidad de las nubes, el brillante astrónomo Pierre Charles Lemonnier, que fue nombrado miembro de la Academia Francesa a los 21 años de edad, y posteriormente aclamado por su descubrimiento de la oblicuidad de la eclíptica, demostró que existe en la atmósfera de la Tierra, hasta en el día más claro y soleado, un estado permanente de actividad eléctrica, aunque siguió siendo un misterio cómo se interaccionan con las plantas estas cargas omnipresentes de electricidad.
Los esfuerzos desarrollados posteriormente para adaptar la electricidad atmosférica, a la fructificación de los vegetales pertenecieron a Italia. En 1770 un profesor llamado Gardini tendió una porción de cables por encima del fértil huerto de un monasterio de Turín. Al poco tiempo, muchas plantas empezaron a marchitarse y murieron. Cuando los monjes retiraron los cables, el huerto resucitó. Gardini supuso que las plantas habían sido privadas de la ayuda natural de la electricidad necesaria para su desarrollo, o que los hermanos Joseph Michel y Jacques-Etienne Montgolfier habían soltado en Francia un enorme globo hinchado con aire caliente, para transportas a dos pasajeros en una excursión de diez kilómetros y veinticinco minutos sobre París, y recomendó que se aplicase este nuevo invento a la horticultura, conectando al globo un largo cable, para conducir a través de él electricidad desde una gran altura hasta los campos y huertos de abajo.
Estos informes franceses e italianos produjeron escasa sensación entre los doctos científicos de entonces, quienes empezaban a prestar más atención a los efectos de la electricidad sobre los cuerpos inertes que sobre los vivos. Tampoco dieron gran importancia a otro eclesiástico, el Abbé Bertholon, cuando publicó, en 1783, un extenso tratado: Del l'Electricité des Végétaux (De la electricidad de los vegetales). Fue profesor de física experimental en universidades francesas y españolas, y apoyó enérgicamente la idea de Nollet, de que, alterando la viscosidad o resistencia fluida de los líquidos en los organismos vivos, la electricidad podía cambia sus funciones de desarrollo. Dictó el informe de un físico italiano, Giuseppe Toaldo, en que daba cuenta de que dos jazmines de una hilera que estaban cerca de un conductor eléctrico de rayos crecieron cerca de diez metros, en tanto que los demás apenas pasaron de uno.
Bertholon fue tenido casi como un hechicero. Hizo que un jardinero se colocase sobre una plancha de material aislante y regase las hortalizas con una lata electrificada. Sus plantas crecieron hasta adoptar un tamaño extraordinario. Además inventó el "electrovegetómetro", como él lo llamó, aparato que recogía la electricidad atmosférica por medio de una antena y la hacía pasar entre las plantas de un campo. "Este instrumento -escribía- puede aplicarse a todo tipo de producción vegetal en cualquier parte y en cualesquier condiciones atmosféricas; sólo pueden dudar de su utilidad y eficacia los espíritus timoratos, a quienes no dicen nada los descubrimientos y que jamás serán capaces de derribar las barreras de la ciencia, sino que eternamente seguirán aprisionados en los estrechos límites de una pusilanimidad cobarde, a la cual se la da con demasiada frecuencia el nombre de prudencia, para disimularla". En su conclusión llegó a insinuar y profetizar que, un día, el mejor abono para los vegetales adoptará la forma eléctrica, "gratis y procedente del cielo".
La intrigante idea de que los seres vivos se interaccionaban recíprocamente y estaban cargados de electricidad dio un paso gigantesco en noviembre de 1780, cuando la esposa del científico de Bolonia, Luigi Galvano, descubrió por accidente que una máquina para generar electricidad estática hizo sacudir espasmódicamente la pata amputada a una rana. Cuando se le llamó la atención sobre el fenómeno, se quedó sorprendido, y en el acto se puso a pensar si la electricidad no sería realmente una manifestación de vida. El día de Navidad llegó a la conclusión de que así era en efecto, y escribió en su cuaderno de trabajo: "El fluido eléctrico debe considerarse como un medio para explicar la fuerza nervomuscular".
Galvani estuvo trabajando seis años cobre los efectos de la electricidad en el movimiento muscular, hasta que descubrió, también por casualidad, que las patas de las ranas se contraían exactamente igual sin aplicarles ninguna carga eléctrica, cuando los alambres de cobre en que estaban colgadas eran acercados por el viento a una barra de hierro. Comprendiendo que la electricidad de aquel circuito de tres partes tenía que proceder de las patas o de los metales, Galvani, convencido de que era una fuerza viva, no muerta, decidió que estaba relacionada con el tejido animal, y atribuyó la reacción a un fluido o energía vital del cuerpo de las ranas, al que denominó "electricidad animal".
Al principio, los descubrimientos de Galvani recibieron el cálido apoyo de su compatriota Alessandro Volta, físico de la Universidad de Pavía, en el Ducado de Milán. Pero cuando Volta repitió sus experimentos y vio que sólo podía producir el efecto eléctrico usando dos metales diferentes, escribió al abad Tommaselli que evidentemente la electricidad no procedía de las ancas de las ranas, sino de "la aplicación simple de dos metales de diferente cualidad". Concentrándose en las propiedades eléctricas de los metales, Volta concibió en 1800, el invento de una pila de discos alternantes de zinc y cobre, entre los cuales se metía una hoja de papel húmedo. Como podía cargarse en un momento, era posible utilizarlo para producir corriente eléctrica a voluntad, pero no sólo una vez, como ocurría con la vasija de Leyden, sino millares de veces, con lo cual, por primera vez, los investigadores no tuvieron que depender más de la electricidad estática o natural. Este primer antepasado de nuestra célula de almacenamiento eléctrico manifestó una electricidad artificial dinámica o cinética, que vino a confirmar la idea de Galvani, de que había una energía vital especial en los tejidos vivos.
Aunque al principio Volta aceptó las conclusiones de Galvani, posteriormente escribió: "Si despojamos a los órganos animales de toda actividad eléctrica propia y abandonamos esta idea sugestiva que indicaron los hermosos experimentos de Galvani, estos órganos pueden considerarse simplemente como electrómetros de un tipo nuevo y de sensibilidad maravillosa". A pesar de la afirmación profética de Galvani, que formuló poco antes de morir, de que algún día el análisis de todos los aspectos fisiológicos necesarios de sus experimentos "permitiría conocer mejor la naturaleza de las fuerzas vitales, su diferente duración, según las distinciones de sexos, edades, temperamentos, enfermedades, y hasta la constitución misma de la atmósfera", los científicos ignoraron sus teorías y las negaron en la práctica.
Unos cuantos años antes, el jesuita húngaro Maximiliam Hell había vuelto a defender, sin que se enterase Galvani, la idea de que las características de la piedra imán "parecidas a las del alma" se transmitían a los metales ferruginosos. Con esta idea había inventado un dispositivo singular de láminas de acero magnetizadas para aliviarse de su roncero reumatismo. Su amigo, el físico vienés Franz Anton Mesmer, que se había interesado por el magnetismo al leer a Paracelso, estaba impresionado con las curas posteriores realizadas por Hell en otras personas, de una porción de dolencias, e inició una larga serie de experimentos para comprobarlas. Con ellos, se convenció de que la materia viviente tenía una propiedad susceptible de ser actuada por "fuerzas magnéticas terrestres y celestes", que denominó, en 1779, "magnetismo animal", sobre el cual trató su tesis doctoral, titulada "La influencia de los planetas en el cuerpo humano". Al enterarse de que un sacerdote suizo, llamado J. J. Gassner curaba a los enfermos con el tacto, adoptó él también, con éxito, su técnica, y declaró que algunos individuos, entre los cuales contaba él, estaban dotados de mayor y mejor fuerza "magnética" que los demás.
Aunque parecía que estos asombrosos descubrimientos de la energía bioeléctrica y biomagnética podían preparar el camino para una nueva era de investigaciones, en que se uniese la física con la medicina y la fisiología, se cerró la puerta de golpe a estos estudios durante más de un siglo. El éxito que alcanzó Mesmer en el trato de algunos casos en que otros habían fracasado, despertó la envidia de sus colegas médicos de Viena, que atribuyeron sus curas a la hechicería y al diablo, y organizaron una comisión que investigase sus supuestos triunfos. La comisión redactó un informe desfavorable, y Mesmer fue expulsado de la facultad de medicina, y además se le notificó que debía abandonar su práctica.
En 1778 se trasladó a París, donde vio que "la gente era más ilustrada y menos indiferente a los nuevos descubrimientos", y se conquistó a un poderoso converso a sus métodos: era Charles D'Eslon, primer médico de la corte del hermano de Luis XVI, quien lo introdujo a los círculos influyentes. No pasó mucho tiempo sin que los médicos franceses se pusieran tan furiosos y envidiosos como sus colegas austriacos. El alboroto que levantaron obligó al rey a nombrar una comisión real que investigase las actividades de Mesmer, no obstante que D'Eslon había proclamado en una junta del claustro médico de profesores de la Universidad de París, que la contribución de Mesmer a la ciencia era "una de las más importantes de nuestra época". Cuando la comisión, entre cuyos miembros estaba el director de la Academia Francesa de Ciencias -la cual pronunció solemnemente en 1772 que no existían los meteoritos- y cuyo presidente era el embajador norteamericano Benjamín Franklin, formuló el veredicto de que "el magnetismo animal no existe ni puede producir efectos saludables", comenzó a menguar la gran popularidad de Mesmer, el cual quedó expuesto al ridículo público. Se retiró a Suiza, donde terminó, un año antes de morir, en 1815, su obra más importante: El mesmerismo, o sistema de influencias recíprocas; o la teoría y práctica del magnetismo animal.
En 1820, Hans Christian Oersted, científico danés, observó que la aguja de una brújula colocada junto a un cable conductor de corriente se colocaba siempre en posición perpendicular al mismo. Al cambiarse la corriente, la aguja señalaba a la dirección opuesta. El hecho de que una fuerza pudiera actuar sobre la aguja indicaba que existía un campo magnético en el espacio que rodeaba al cable. Esto llevó a uno de los descubrimientos más útiles que se hayan hecho en la historia de la ciencia, cuando Michael Faraday en Inglaterra, y Joseph Henry en Estados Unidos, comprobaron independientemente que el fenómeno era igualmente válido, o sea, que un campo magnético podía inducir una corriente eléctrica si se hiciese pasar a través de él un cable. De esta manera se inventó el "generador", y con él, todo un mundo nuevo de aparatos eléctricos.
Hoy en día, los libros sobre lo que puede hacer el hombre con la electricidad llenan diecisiete estantes de más de treinta metros de la Biblioteca del Congreso. Sin embargo, todavía sigue siendo un misterio, como lo fuera en tiempos de Priestley, qué es en realidad la electricidad y por qué y cómo funcionaba. Los científicos modernos no tienen idea todavía de cuál es la composición de las ondas electromagnéticas. Simplemente las utilizan para la radio, el radar, la televisión y las tostadoras.
Debido a una concentración tan unilateral sobre las propiedades mecánicas del electromagnetismo, sólo un puñado de individuos ha prestado atención, al correr de los años, a la forma en que el electromagnetismo puede afectar a los seres vivos, y por qué. Constituyó una excepción notable el barón Karl von Reichenbach, científico alemán de Tubinga, que descubrió en 1845 los productos derivados del alquitrán, entre ellos la creosota, utilizados para proteger tanto las vallas sobre el suelo, como los postes sumergidos en el agua. Comprobó que los individuos particularmente dotados, a los que llamaba "sensitivos", eran capaces de ver una energía extraña que emanaba de todas las cosas vivas, y de los extremos de un imán; llamó a esta energía Odyle u Od.
Pero, aunque sus obras fueron traducidas al inglés por un famoso doctor en medicina, William Gregory, designado profesor de química de la Universidad de Edinburgo en 1844, con el título de Researches into the Forces of Magnetism, Electricity, Heat and Light in Relation to the Force of Life (Investigaciones sobre las fuerzas del magnetismo, electricidad, calor y luz en relación con la fuerza de la vida), sus esfuerzos por demostrar su existencia a sus contemporáneos de todo el mundo fueron ignorados.
Reichenbach indicó el motivo por el cual se rechaza su "fuerza ódica", con las siguientes palabras: "Cada vez que empezaba a tocar el tema, me parecía que estaba pulsando una cuerda de tono desagradable. Asimilaban mentalmente a Od y a la sensibilidad con el llamado "magnetismo animal" y "mesmerismo", con lo cual perdía la idea todo su favor". Aquella asimilación estaba totalmente injustificada, puesto que Reichenbach había dejado claramente sentado que, aunque la misteriosa fuerza ódica, pudiera parecerse al magnetismo animal y fuese asociada con él, también podía existir por separado.
Años más tarde, Wilhelm Reich sostenía que "la energía a que se referían los antiguos griegos y los estudiosos modernos desde Gilbert era esencialmente distinta de la que estudian los físicos desde Volta y Faraday, obtenida por el movimiento de cables en un campo magnético, era distinta no sólo en cuanto al principio de su producción, sino fundamentalmente".
Reich creía que los antiguos griegos habían descubierto con el principio de la fricción la misteriosa energía a que dio el nombre de "orgona", tan semejante a la Od de Reichenbach y al éter de los antiguos. Decía que la orgona era el medio en que se mueve la luz y en el que se ejerce la actividad electromagnética y gravitacional, y que llena todo el espacio, aunque en grados de concentración diferentes, estando presente aun en el mismo vacío. La consideraba como el vínculo básico entre la materia inorgánica y la orgánica. Durante el decenio de 1960, poco después de la muerte de Reich, eran copiosísimas las pruebas de la base eléctrica de los organismos. D. S. Halacy, autor científico ortodoxo, lo expresó con toda sencillez: "La circulación de electrones es fundamental en prácticamente todos los procesos de la vida".
Las dificultades que caracterizaron el periodo entre Reichenbach y Reich se debieron en parte a la moda científica de separar todas las cosas, en lugar de estudiarlas como "todos" operantes. Al mismo tiempo se amplió la distancia que separaba a los que estudiaban las "ciencias de la vida", como las llamaban, y los físicos, cada vez más empeñados en creer únicamente lo que podía verse y medirse con instrumentos. Mientras tanto, la química se concentraba en el estudio de entidades cada vez más heterogéneas y pequeñas, que, al volverse a combinar artificialmente, produjeron una verdadera cornucopia de nuevos y fascinantes artículos.
La primera síntesis artificial realizada en 1828, en el laboratorio, de una sustancia orgánica, la urea, parecía destruir la idea de que había un aspecto especial "vital" en los seres que vivían. El descubrimiento de las células, los supuestos equivalentes biológicos de los átomos de la antigua filosofía griega, hacía pensar que las plantas, los animales y el hombre mismo no eran sino asociaciones diferentes de estos bloques de construcción o agregados químicos. En este nuevo clima, fueron pocos los que se dedicaron a profundizar más en los efectos del electromagnetismo sobre la vida. Sin embargo, había individualistas disconformes que de cuando en cuando exponían alguna idea sobre cómo podrían responder las plantas a las fuerzas cósmicas exteriores, gracias a lo cual no dejaron morir los descubrimientos de Nollet y Bertholon.
Al otro lado del Atlántico, en Estados Unidos, William Ross, para comprobar la afirmación del marques de Anglesey de que las semillas brotaban más rápidamente cuando estaban electrificadas, sembró pepinos en una mezcla de óxido negro de manganeso, sal de mesa y arena limpia, irrigada con ácido sulfúrico diluido. Cuando le aplicó una corriente eléctrica, las simientes echaron brotes bastante antes que las sembradas en una mezcla igual pero no electrificada. Un año después, en 1845, se publicó en el primer número del Journal of the Horticultural Society, de Londres, un largo trabajo sobre la "Influencia de la electricidad en la vegetación", debido a la pluma de un agrónomo llamado Edward Solly, quien, como hizo Gardini, suspendió cables sobre huertos sembrados, y al igual que Ross, los enterró bajo el suelo. Pero sólo diecinueve de los setenta experimentos verificados por Solly con granos, hortalizas y flores distintas, reportaron algún beneficio, y casi otros tantos fueron perjudiciales.
Los resultados contrarios obtenidos por estos investigadores patentizaban claramente que la cantidad, calidad y duración del estímulo eléctrico era de importancia crucial para cada forma de vida vegetal. Pero, como los físicos no tenían instrumentación adecuada para medir sus efectos específicos y todavía sabían poco sobre cómo operaba en las plantas la electricidad artificial y atmosférica, el campo de la experimentación quedó abandonado a horticultores obstinadamente curiosos y a la chaladura de algunos aficionados. Sin embargo, siguieron realizándose distintas observaciones para demostrar que la vegetación poseía una cualidad eléctrica.
El año 1859 se publicó en la Gardeners' Chronicle de Londres un informe sobre el fenómeno de las ligeras chispas que pasaban de una verbena escarlata a otra, el cual se advertía mejor en el crepúsculo, cuando se acercaba una tormenta de truenos después de un largo periodo de sequía. Esto confirmaba la observación realizada por Goethe, de que las flores de las amapolas orientales podían verse centelleando al oscurecer.
Hasta la última parte del siglo no se abrieron nuevos horizontes en Alemania respecto a la naturaleza de la electricidad del aire, que había descubierto Lemonnier. Julius Elster y Hans Geitel, especializados en la emisión espontánea de la radiación de las sustancias orgánicas, que más tarde habría de llamarse "radiactividad", iniciaron un estudio de grandes proporciones sobre la electricidad atmosférica. En él se descubrió que el suelo de la Tierra está constantemente emitiendo y proyectando al aire partículas cargadas de electricidad. Fueron llamadas iones, palabra derivada del participio de presente del verbo griego ienai, que significa "ir", y eran átomos, grupos de átomos o moléculas, que se consideraban dotadas de una carga neta positiva o negativa, después de haber ganado o perdido electrones. La observación verificada por Lemonnier, según la cual la atmósfera estaba constantemente llena de electricidad, tenía por fin alguna explicación importante.
En un día claro y con buen tiempo, la tierra tiene una carga eléctrica negativa, en tanto que la de la atmósfera es positiva, por lo cual los electrones fluyen hacia el cielo desde el suelo y las plantas. Durante las tormentas, esta polaridad se vuelve al revés: la tierra es positiva y la base de la capa de nubes, negativa. Como hay en cualquier momento, según se calcula, de tres a cuatro mil tempestades "eléctricas" desencadenadas sobre la superficie general del globo, las cargas que pierde la tierra en las regiones de tiempo apacible se reponen de esta manera, y se conserva un equilibrio alternante de desniveles eléctricos.
Consecuencia de la circulación perpetua de electricidad, es que aumenta el voltaje, o sea, la presión eléctrica, con la altura. Entre la cabeza de un hombre de 1.83 metros y el suelo sobre el cual posa la planta, hay una diferencia de 200 voltios; la que hay entre el extremo superior del Empire State Building y la acera, es de 40,000 voltios, y en el intervalo entre las capas inferiores de la ionosfera y la superficie terrestre hay 360,000 voltios. Aunque esto parece peligroso, no puede generarse una gran energía de choque, porque la corriente es pequeña. La dificultad principal que supone controlar este vasto depósito de energía y administrarlo para que entre en actividad, es la falta de conocimientos sobre cómo funciona, y las leyes que gobiernan sus operaciones.
Comenzó a desencadenarse un nuevo ataque contra la aplicación de la electricidad atmosférica al crecimiento y cultivo de las plantas, cuando un científico finlandés de criterio ecléctico, llamado Selim Lemstrom, realizó cuatro expediciones a las regiones subpolares de Spitsbergen, en Noruega septentrional, y Lapland de 1868 a 1884. Como especialista que era en luz polar y magnetismo terrestre, expuso la teoría de que la lozana vegetación de estas latitudes, que la opinión popular atribuía a los días más largos de su verano, obedecía en realidad a lo que él llamaba "esa violenta manifestación eléctrica, la aurora boreal".
Como se sabía desde los tiempos de Franklin que las puntas agudas atraían de manera especial la electricidad atmosférica -observación que llevó al invento del pararrayos-, Lemstrom deducía, lógicamente, que "los extremos agudos de las plantas eran como pararrayos que recogían la electricidad de la atmósfera y facilitaban el intercambio de cargas eléctricas entre el aire y la tierra". Realizó estudios sobre los anillos concéntricos que se advertían en las secciones transversales del tronco de los abetos, y observó que su crecimiento anual coincidía plenamente con los periodos de la aurora boreal y la actividad solar, efectos que se acentuaban al viajar hacia el norte.
Para comprobar estas observaciones por medio de la debida experimentación, conecto una serie de flores plantadas en tiestos de metal con un generador estático por medio de una red superior de cables, colocados unos 40 centímetros más arriba, y un poste clavado en tierra como sostén. Los demás tiestos los dejó "a la naturaleza". A las ocho semanas, las plantas electrificadas ganaron casi un 50 por ciento más de peso que sus vecinas. Cuando trasladó su aparato a un huerto, no sólo se duplicó la cosecha de fresas, sino que eran mucho más dulces; la cosecha de cebada aumentó en una tercera parte.
Los resultados de una serie de experimentos que llevó a cabo en las tierras borgoñesas del sur, variaron, no sólo según las diferencias de las hortalizas, frutas y cereales, sino también de la temperatura, humedad y fertilidad natural de la tierra y las cualidades de su abono. Lemstrom dio a conocer los resultados que había obtenido en un libro publicado en berlín en 1902, con el título de Electro Cultur, y esta expresión compuesta quedó incluida en la Standard Cyclopedia of Horticulture, de Hyde Bailey.
La traducción al inglés del libro de Lemstrom, titulada Electricity in Agriculture and Horticulture, que vio la luz en Londres dos años más tarde que el texto original alemán, hacía, en la introducción, la advertencia severa, pero también certera, como pudo comprobarse más tarde, de que como todo este complicado asunto se relacionaba con no menos de tres ciencias distintas, la física, la botánica y la agronomía, pudiera ocurrir que no pareciese "particularmente atractivo" a los científicos. Pero uno de sus lectores no necesitaban esta salvedad: era sir Oliver Lodge. Después de destacar de manera singular en el campo de la física, demostró una vez más su amplitud de criterio, al incorporarse a la Sociedad para la Investigación Síquica, de Londres, y publicó una docena de libros, en los cuales expuso su convicción de que hay mundos enteros más allá del campo físico.
Decidido a hacer frente a las dificultades que tanto tiempo quitaron a Lemstrom, cuando tenía que levantar su red de cables al ir creciendo las plantas, y para permitir que pudiese moverse la gente y los animales, y trasladarse su equipo a través de los campos electrificados, suspendió el enrejado sobre aisladores sujetos a altos postes. Durante una estación de cultivo logró aumentar la producción por acre del trigo canadiense Red Fife en un 40 por ciento, y vio con satisfacción que los panaderos que empleaban su harina, lograron obtener un pan de mucho mejor calidad que el de trigo normal.
John Newman, colaborador de Lodge, después de haber trabajado con él, adoptó su sistema para lograr un aumento de más del 20 por ciento en las cosechas de trigo de Evesham, en Inglaterra, y en las patatas de Dunfries, Escocia. Las fresas cultivadas de conformidad con el sistema adaptado de Newman no fueron enormemente más productivas que las no electrificadas, pero, su sabor y delicadeza fue superior al de las frutas normales de esta especie, como había ocurrido con el cultivo de Lemstrom; sus remolachas fueron probadas cuidadosamente, y resultaron tener una cantidad mayor de azúcar que las variedades normales. Es interesante hacer notar que Newman no publicó su informe en una revista botánica, sino en la quinta edición del Standard Handbook for Electrical Engineers (Manual Corriente para los ingenieros eléctricos), editado por McGraw.Hill en Nueva York. Desde entonces, los asiduos esfuerzos electroculturales que se han desarrollado han corrido más bien a cargo de la comunidad ingenieril, que de los horticultores.
Enlace de Web Emisora: www.tinet.cat
 
COMENTARIOS

16 - 04 - 2012
FRANCISCO JESUS CARDENAS RENTERIA
pacoc.renteria@gmail.com

Gracias, por el articulo, hay mucho que aprender...



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